Lo que no decimos

Me molesta el ruido.
El de la música alta a las tantas de la mañana.
El de dos personas que se gritan en alto las verdades a la cara.
El de los coches,
en plena cuidad contaminada de voces.
El de tus labios simulando una disculpa
que jamás fue capaz de pronunciar tu boca.
Pararía el mundo ahora mismo y le bajaría el volumen.
Para oírte menos.
Y así lograr escucharte mejor.

Crecemos pensando que lo que decimos nos define, y así vamos por la vida, con miedo al qué dirán, como si se tratase de algo inmóvil, estático e inalterable en el tiempo. Como si lo que decimos no estuviese influenciado por el contexto, nuestras creencias y vivencias.

Pero, ¿qué pasa con lo que no decimos? ¿Qué pasa con lo que callamos? ¿Dónde va a parar todo aquello que no llega a ser pronunciado? Y yo no sé por qué, pero me sigo preguntando el porqué de las cosas.

Siempre he pensado que lo que no decimos es lo que realmente nos define.

¿Acaso no nos define un silencio en el momento justo? ¿Una pausa en el momento oportuno? Somos ruido, pero también silencio. Somos prisa, pero también pausa. Somos un todo sin olvidar cada una de sus partes. ¿Cómo sino íbamos a valorar y apreciar el mundo que nos rodea con todos sus matices?

Porque no todo lo que no decimos lo callamos, no todo lo que callamos no lo decimos y no todo lo que dijimos y nos dijeron nos define.

Qué complejos somos a veces, pero qué verdadero privilegio que sea así.

Necesitamos callar más para aprender a apreciar la belleza de lo que nos rodea, cerrar los ojos y sentir, sin mediar palabra. Porque un silencio puede hacer mucho más ruido que una palabra y llenarse de significado acompañado de un bonito gesto, una preciosa sonrisa o una profunda mirada.

Pero, lamentablemente, en el mundo en que vivimos, los silencios son tomados como carentes de sentido y significado. Pensamos que, si ocupamos nuestro tiempo, estaremos menos solos, mejor acompañados; pero nadie nos dijo que el momento que nos alejamos de todo, aparece nuestro verdadero yo, ese tan silenciado por el ruido externo.

A veces llegamos a ser tan contradictorios que no nos entendemos ni a nosotros mismos. Y no me extraña, porque no nos escuchamos nada. Reconozcámoslo, nos da miedo estar solos, escucharnos y darnos cuenta de todo lo que queda por resolver en nuestro entramado interior. Nos da miedo hacerlo porque nunca nos sentimos preparados para enfrentarnos a nuestros monstruos de siempre que están tan bien escondidos (y camuflados) debajo de la cama.

Parece que al permanecer en silencio nuestro verdadero yo es el que viene a hablarnos sin permiso de cosas que no queremos oír y justo por eso pienso que no hemos aprendido a valorar la importancia de nuestra propia compañía.

Ojalá el silencio venga para quedarse y nos enseñe la importancia de hablar menos y entendernos mejor.

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6 comentarios en “Lo que no decimos

  1. Reblogueó esto en Gestalt Sin Fronterasy comentado:
    Un artículo muy interesante de Meraki que sé que te va a gustar.

    “Me molesta el ruido.
    El de la música alta a las tantas de la mañana.
    El de dos personas que se gritan en alto las verdades a la cara.
    El de los coches, en plena cuidad contaminada de voces.
    El de tus labios simulando una disculpa que jamás fue capaz de pronunciar tu boca.
    Pararía el mundo ahora mismo y le bajaría el volumen.
    Para oírte menos.
    Y así lograr escucharte mejor.”

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